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Crisis y caridad. El amor como solución a la crisis.

En el inicio de la última plenaria de la Conferencia Episcopal Española, el Cardenal Rouco Varela insistía en que “Si no se sigue el camino que hace posible la caridad no será posible una buena solución de la crisis. Sin la caridad, es decir, sin la generosidad sincera, movida en último término por el amor de Dios y del prójimo, será imposible introducir los cambios necesarios en el estilo de vida y en las costumbres sociales y políticas que han conducido a la crisis….” [Discurso completo del Cardenal Rouco].

Lo primero que uno se debe preguntar es ¿Puede realmente la caridad construir una sociedad nueva? Sí es así ¿qué elementos son los que tiene que transformar la caridad para producir un verdadero cambio en nuestra sociedad?

Antes de continuar quiero aclarar que la caridad de la que aquí hablamos no se refiere a la limosna o a la generosidad individual, sino que es el Amor, con mayúsculas, porque es el que tiene Dios con nosotros y es el amor, con minúsculas, con el que los cristianos amamos a Dios en Cristo y a todos los seres humanos. La caridad es el amor de amistad con Dios y los hermanos. La pregunta es: ese amor ¿puede ayudarnos a salir de la crisis?

Estas preguntas son las que se pretendían responder en el Coloquio celebrado en Roma el mes de noviembre de 2010 bajo el título “Caritas aedificat”. El amor como principio de la vida social*. El objetivo era responder a la invitación que Benedicto XVI hacía en Caritas in Veritate sobre la capacidad del amor de establecer vínculos entre los seres humanos y constituirse come verdadero fundamento de la sociedad. ¿Puede ser el amor cristiano hoy fundamento de una nueva sociedad?

El texto que servía de presentación era el de Efesios 2, 22: En Cristo, “también vosotros junto con los otros sois edificados para convertíos en morada de Dios por medio del Espíritu“. Este texto ya da una clave de lectura: la finalidad humana de edificar no se limita a construir , sino a levantar una verdadera morada en la que podamos vivir. Por eso la construcción de una nueva sociedad, de la sociedad que salga de la crisis, no puede estar en mano sólo de los técnicos, que aplican soluciones según unos procedimientos establecidos, normalmente los procedimientos del mercado y de la banca. La verdadera arquitectura social debe ser capaz de construir un todo, una sociedad, que explique y dé verdadero sentido a la vida de cada una de sus partes, a la vida de cada uno de los hombres y las mujeres que la forman.

El Coloquio señalo algunos elementos que deben estar presentes si queremos que el amor construya la sociedad:

1.- El amor tiene su propia epistemología. Esto quiere decir que el amor nos permite conocer al otro, y es este conocimiento en los bienes y en los trabajos comunes lo que nos permite hablar de una sociedad humana en sentido estricto.Dos enemigos del conocimiento en el amor son: a) el altruismo, entendido como el amor sin afecto, como la generosidad pura e intelectual. Así entendido el amor abandona el ámbito social y se refugia en el individualismo; b) el romanticismo, que ha privatizado la experiencia del amor. Con el romanticismo el amor se convierte en algo subjetivo que los demás no pueden entender. Esto ha llevado a considerar el amor irrelevante en los aspectos sociales y comunitarios de la vida.

La denuncia de estas dos interpretaciones falsas nos devuelve a la radicalidad del amor: amar es querer el bien del otro. El amor entre los seres humanos no es otra cosa que una comunicación de bienes. El romanticismo ha oscurecido esta realidad reduciendo el amor a una experiencia emotiva y subjetiva que encierra a la persona en sí misma. Sin embargo el verdadero amor, el amor en sentido cristiano, es expansivo y tiene presente primero al otro, quiere el bien del otro. Amarse es ante todo una comunión de bienes, es crear comunidad.

2.- Esta idea nos recuerda la necesidad del bien común para la vida social. Lo primero que tenemos que darnos cuenta es que el amor implica relación. Nuestra vida social está marcada por distintos tipos de amor, es decir por tipos de relación. El amor de los esposos, el de los padres, el de los hermanos, el de los amigos, los compañeros de trabajo… Y cada uno de nosotros se mueve en esos tipos de relación, comprende esos tipos de amor… es capaz de leer e interpretar la “semántica relacional del amor”. Por eso es tan peligroso construir una sociedad de analfabetos afectivos, que no sepan distinguir y valorar los distintos tipos de amor y de relación.

Esos tipos de amores son motores para la acción. Santo Tomás une el bien común, el bien social, con la caridad a través del amor como motor de toda acción humana, como fuerza que nos une al amado. Así, el bien común se difunde. Nuestro mundo no es, como proponía Hobbes, un mundo donde el homo homini lupus, el hombre es un lobo para el hombre. En nuestro mundo hay mucho más amor que odio. Es lo que los clásicos llamaban  el ordo amoris: en el corazón de cada ser humano existe una tensión a vivir en comunión, a vivir en sociedad, lo que Aristóteles llamaba “existir para la vida buena”. La vida buena para el ser humano es la vida en familia, en amistad, en comunión, en sociedad.

3.- El tercer elemento necesario para construir una sociedad desde el amor es que exista una dimensión ética en la sociedad, en la política y en la economía. La identidad de la persona se constituye en las relaciones sociales y nuestro mundo, globalizado, dificulta vivir en profundidad estas relaciones. Por eso nuestra identidad no se configura a través de modelos sociales fuertes sino viene marcada por el individualismo que no acepta el concepto de amor social. Así tenemos el homo economicus, que es el competidor salvaje, hombre dominado por la racionalidad instrumental y que ignora los afectos y las relaciones. O el homo sociologicus centrado en la organización pero que ignora la importancia del principio de subsidiariedad personal. La ultima incorporación es el homo inconstans, radicalmente individualista que considera toda relación como algo externo a él.

Frente a este “individualismo sin dignidad” es necesario recuperar el valor de la fraternidad, la gran olvidada de la revolución francesa. En la fraternidad, que va más allá de los sistemas liberales y colectivos del siglo XX, el hombre configura su identidad a través de un orden de relación que surge del amor y de los bienes fundamentales compartidos, que son siempre relacionales. Esto afecta también a la política. No sirve cualquier política ni sirven unos políticos cualesquiera. En la política el punto fundamental es el bien y los bienes comunes. La responsabilidad humana se articula desde la relación entre verdad (que falta tanto en nuestros políticos) y libertad. Una “política de la caridad, del amor” es antes que nada una política de la verdad, y la verdad no cuadra con los relativismos. Por eso hemos de sustituir la sociedad de los “valores” (término tomado del ámbito económico) por una sociedad de los “bienes comunes”. Los valores no son per sé ni buenos ni malos, responden a la cotización del mercado, no nos hablan de un bien inherente. Cuando hablamos de bien común, de bienes compartimos sabemos que el bien es siempre bueno.

La imagen que ilustraba el cartel del coloquio representaba la unión de los hombres en el trabajo de construcción del arca de Noé. Tras el diluvio, y gracias al arca, nace una nueva humanidad que vive la alianza con Dios. La dinámica transcendente es fundamental para una auténtica convivencia en la comunidad social. Es curioso que las medidas del arca que se dan en el relato del Génesis (Génesis 6,15) son las mismas que se dan para el templo, es decir, subraya la necesidad de la referencia transcendente para la comunidad humana. Una sociedad construida sobre la caridad, sobre el amor, tiene que encontrar un sentido transcendente que le permita caminar juntos hacia un fin último, más allá de la propia sociedad.

MacIntyre decía que la crisis de la ética se parecía al naufragio del Titanic. Los botes y las barcas, los restos agrupados, posibilitan crear comunidades éticas que permiten la supervivencia. Los salvavidas, por el frío de las aguas, no son una salvación sino que solamente prolongan la agonía. Para salir de la crisis de la ética, decía MacIntyre, necesitamos comunidades éticas. De la misma manera podemos decir que la salida de la crisis económica no vendrá de la mano de los banqueros y de los políticos. La salida de la crisis solo será posible desde la regeneración del tejido social a través de la elaboración de políticas justas con todos, empezando por los más desfavorecidos. Gestionando los bienes comunes (especialmente los ayuntamientos y las comunidades autónomas) desde una ética en la que predomine la verdad frente a los intereses individuales y partidistas, y desde una verdadera fraternidad. La salvación del hundimiento no se consigue tirando por la borda a los polizones (inmigrantes, parados, ancianos, enfermos crónicos, etc.), ni por la búsqueda de salvavidas individuales sino por la construcción de verdaderos botes, nuevas arcas de Noé, que permitan la salvación de todos, remando juntos en la construcción de una nueva humanidad. 

* Este post recoge las ideas presentadas en el artículo de Pérez-Soba, J.J. – Magdic, M.,“Caritas Aedificat”. L’amore come principio di vita sociale, en Anthropotes 27 (2011)211-230. En español el artículo de Melina, L., “Caritas Aedificat”. Los fundamentos teológicos de la acción temporal y política del cristiano, en Scripta Theologica 43 (2011) 667-684. Las actas del Coloquio publicadas en Pérez-Soba, J.J. – Madgic, M. (eds.) L’amore principio di vita sociale. “Caritas aedificat” (1Cor 8,1), Ed. Cantagalli, Siena 2011.

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Será el Amor amado a cuerpo entero

Tenía yo más o menos 22 años cuando un sacerdote claretiano, dándonos ejercicios espirituales a los seminaristas de filosofía, nos sorprendió con una poesía para hablarnos de celibato y de pureza. Digo que nos sorprendió por dos motivos: el primero porque tengo que reconocer que, al menos en mi tiempo, a los seminaristas mayores se nos hablaba poco de afectividad, de sexualidad, de dificultades a la hora de vivir el celibato… El segundo motivo por el que nos sorprendió es que la poesía la firmaba Pedro Casaldáliga. Todos que nos dábamos de muy progres, y que presumíamos bien de conocer algunos escritos del obispo de la Teología de la Liberación, jamas habíamos pensado que Casaldáliga hablase de pureza y celibato a sus seminaristas.

Esa poesía me ha hecho mucho bien, primero como seminarista y después como sacerdote. Me ayudó a ver el celibato no como renuncia (negativo) sino como verdadero amar (positivo). Porque eso es de lo que se trata: ser célibe no es quedarse “sin bodas”, sino “amar todo, todos, todas”. Es ser capaz de amar a todos sin poseer a nadie. Y como no, es amar al Amor “a cuerpo entero”. Poniendo no solo el corazón, sino toda la pasión y las pasiones, todo el afecto, mi afecto, en Cristo.

No ha sido fácil, no es fácil. Es una “paz armada”, batalla continua y estado de alerta. Como también lo es el del esposo que quiere ser fiel a su mujer. Hoy he recordado este poema porque un joven me escribía que todavía no había “vencido” estas tentaciones. Como dicen en mi tierra: “y lo que te rondaré morena”. Es decir, que nos queda toda la vida, para luchar… para amar.

Os dejo la poesía.

AVISO PREVIO A UNOS MUCHACHOS
QUE ASPIRAN A SER CÉLIBES

Será una paz armada, compañeros,
será toda la vida esta batalla;
que el cráter de la carne sólo calla
cuando la muerte acalla sus braseros.

Sin lumbre en el hogar y el sueño mudo,
sin hijos las rodillas y la boca,
a veces sentiréis que el hielo os toca,
la soledad os besará a menudo.

No es que dejéis el corazón sin bodas.
Habréis de amarlo todo, todos, todas,
discípulos de Aquel que amó primero.

Perdida por el Reino y conquistada,
será una paz tan libre como armada,
será el Amor amado a cuerpo entero.

Pedro Casaldáliga

Lo que necesitas es amar: Lección de anatomía del amor

Lección de anatomía del doctor Tulp, Rembrandt, 1632.

En un mundo donde la palabra amor aparece con tanta frecuencia se nos olvida a veces la realidad, profunda, de su significado. El amor es central en toda la teología de Santo Tomás, el amor como pasión y el amar como elección. Esa es la distinción fundamental: el amor como algo que nos golpea, que viene desde fuera de nosotros, que nos sorprende y nos coge desprevenidos, el amor como algo que nosotros no podemos elegir. Uno no elige ni la hora ni el día en el que se va a enamorar, simplemente el amor llama  a tu puerta. Pero el “amar” es una cosa distinta. El amar es un acto de la voluntad, es el paso del simple recibir (pasión) al actuar (acción). El amar es una elección, movida por el deseo la persona quiere (volere) llevar a plenitud eso que ha experimentado con el amor. Amar implica todo el dinamismo interior de la persona. Por eso tendríamos que cambiar el título de la célebre canción (All you need is love) y del programa de TV (Lo que necesitas es amor), en realidad lo que necesitamos es amar: “Lo que necesitas es amar”. Esta dinámica del amor es la que explica Santo Tomás en la I, II q. 26. Aquí os dejo un trabajo donde se pone en relación la explicación de Santo Tomas sobre el amor y un cuadro de Rembrandt, “Lección de anatomía del doctor Tulp”. Igual que el doctor Tulp hace la disección del brazo para explicar el “movimiento” de la mano, así Santo Tomás hace un verdadero estudio anatómico para explicar la “dinámica” del amor. Espero que os guste.

La anatomía del amor